“En los próximos diez años, España y América Latina van a sufrir (y mucho) con el agua”

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“Los seres humanos estamos huyendo de lugares con agua a lugares sin agua”. Robert Glennon, profesor de la Universidad de Arizona, suele repetir esta idea. “Da igual que miremos en Estados Unidos, en Europa o en el resto del mundo”, me explica a la orilla del Rin, quizá uno de los lugares más extraños donde hablar sobre la escasez del agua.

Pero ese es parte del problema. Aunque no lo notemos, las actividades del día a día consumen grandes cantidades de agua. Sin ir más lejos, “una bombilla incandescente de 60 vatios encendida 12 horas al día consume 2380 litros de agua al año”, señala Glennon. Así que, en muchos sentidos, donde hay que empezar a hablar de la escasez del agua es precisamente donde no se nota y en los próximos años se va a notar.

Las cifras del agua

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Las cifras de Glennon, uno de los mayores expertos estadounidenses en derecho medioambiental, son sobrecogedoras. Alrededor de mil cien millones de personas no tienen a su disposición agua que sea seguro consumir; dos mil ochocientos millones carecen de sistemas de potabilización y, como consecuencia de ello, unos dos millones de personas mueren cada año de enfermedades intestinales como el cólera.

Como dicen Charles Iceland y Betsy Otto, cuando pensamos en seguridad nacional no pensamos en ríos, lago o glaciares. Pensamos en buques de guerra, estrechos marítimos y seguridad en las fronteras. Pero eso va a empezar a cambiar.

Aunque siempre ha habido comunidades humanas con escasez de agua y las grandes infraestructuras hídricas han tenido un papel importante en el desarrollo de las sociedades complejas. El agua ha sido tradicionalmente un recurso por defecto. El mito de que en la Edad Media no se bebía agua se debe precisamente a eso, a que el agua era tan natural que normalmente no se registraba en las crónicas o tratados médicos.

Los ciclos hidrológicos regulaban la vida de las sociedades, su demografía, su economía e, incluso, su cultura. Luchábamos contra ello, pero nuestra capacidad para cambiar la realidad era pequeña y teníamos que adaptarnos.

Le recuerdo a Glennon una cita de Edward Abbey, un famoso escritor norteamericano, que suele repetir en sus charlas:”No hay escasez de agua en el desierto a no ser que pongamos una ciudad donde no debería de haber una ciudad”. “Sí, es cierto. Él se refería a Las Vegas y al desierto del Mojave, pero es trasladable a muchos otros sitios”.

Es más, según me explica, los movimientos demográficos y el cambio climático están convirtiendo muchas zonas del mundo en ‘ciudades en medio de desiertos’: lugares donde los recursos hídricos no pueden sostener a la población.

El árido mundo de dentro de diez años

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Hasta ahora, algunos países como España, México o Chile han sufrido cierto estrés hídrico y han podido comprobar en sus propias carnes las tensiones que la escasez de agua puede crear. Pero, según Joshua Busby, de la Universidad de Texas y el Council of Foreing Relations, “creo que todo esto será un juego de niños comparado con lo que está por venir”.

“Cada vez hay menos agua en el mundo”, explica Busby. Al menos en el sentido de que la demanda de agua no ha parado de aumentar impulsada por el crecimiento demográfico y económico, pero los recursos permanecen estables. O se reducen por un cambio climático.

Así se puede apreciar en los datos del World Resources Institute. Sus herramientas nos permiten combinar diversas dinámicas y tendencias para analizar qué regiones del mundo tendrán mayores problemas con el agua en 2030.

 

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